--Seño, seño... --aparece Eugenia por detrás para hacer alguna pregunta.

--¡Ayúdame a colorear! --me vuelve a decir Cecilia con los rotuladores en la mano.

--¡Teacher, que Juan me quita los colores! --empieza a quejarse Pablo.

--No sé recortar esto... --viene Celia pidiendo ayuda.

--¿Esto era green? --quiere saber Ignacio.

Durante la clase, estos cinco que se han levantado para preguntar o pedir ayuda; otro que sigue sentado pero le hace burlas a su compañera; el malote de la clase, Diego, que vuelve a dejar la ficha sobre mi mesa sin haberla terminado, queriendo escaquearse una vez más; y Enrique, el pequeñajo de tres años que hasta ahora no sabía lo que era ir al colegio, que a los diez minutos ya se ha cansado de colorear y pretende ponerse a jugar con la pelota en clase aunque le haya dicho 2.367.843 veces que la pelota es sólo para el patio...

Y luego en el recreo, venga a abrir zumos y actimeles y danoninos y paquetes de galletas y bolsas de bollitos de chocolate con forma de ositos varios... Y luego a intentar que todos jueguen, que participen y que compartan los materiales:

--Venga, vamos a jugar a pasar el aro, a ver si sois capaces.

Y al rato, animando el cotarro con los fans de la gallinita ciega y los que se van sumando:

--One, two, three, four... Look for! (NOTA: Versión propia, para que les sirva para aprender/practicar algo de inglés)

Después toca reñir al típico grupito que se ha ido a la parte del patio a la que no deben pasar (más que nada porque ya tienen bastante sitio para galopar si quieren en las zonas y pistas que de por sí nos han dejado las monjas) o hacer de juez supremo entre esos que son tan amigos desde que no tenían ni un año pero que a cada cinco minutos se están diciendo que tú no juegas.

Y mientras tanto, idas y venidas a la clase con los "lesionados": raspaduras en codos, brazos, rodillas, tobillos... Desde que llegaron los nuevos, todos los días al menos a uno tengo que llevar para echarle agua oxigenada y ponerle una tirita, que les encanta, les encanta volver luciendo esa especie de "vendaje de guerra"... Hace un par de días fue el récord (por el momento, aunque espero que tampoco se llegue a superar): con cuatro niñ@s tuve que hacer de enfermera. Pero bueno, mientras ninguno se descalabre, todo irá bien.

Cuando termina el patio, viene el peor rato de la mañana, porque aún queda aproximadamente hora y media de curso pero los nenes ya no están por la labor de hacer mucho. Encima, parece que todos los de mi grupo tienen un resorte en el culo porque no hacen más que levantarse y es más difícil controlarlos. Así que lo que se oye es un coro de "Sit down, please" por lo que yo le digo a los que no hacen más que irse a otras mesas y por los buenecillos de detrás que actúan de eco. Y aparte de esto, empiezan otra vez las quejas:

--No tengo la capucha del rotulador... --Esta frase suele ser de Diego, que es un desastre con el material, o de Cecilia, que tiene el estuche más tiempo desparramado por el suelo que sobre la mesa.

--¡Enrique no nos deja trabajar! --Y eso que esta sentado con los buenecitos de la clase para ver si se le pega algo y le da por imitarlos.

--¿Cuándo hacemos una careta? ¿Eh? ¿Cuándo hacemos una careta?-- Este es otra vez Pablo, el hermano de Diego, que lleva emperrado en que quiere hacer una careta desde que llegó. Y yo, que le contesto que el día que se porte bien todo el tiempo, pero parece que se le olvida la condición previa y todos los días pregunta lo mismo y dice que va a ser bueno. Y no, al final ni por esas...

Casi a última hora, hacemos algún tipo de actividad/juego, como gimnasia con las órdenes en inglés, seguir unos a otros formando un tren, hacer como que vamos de safari... Y ni por esas paran las quejas, los lloros porque este me ha hecho daño, mira que el otro me ha empujado... Así que, hala, este y el otro se quedan sin jugar. De todas formas, no todo ha terminado aún, sino que falta salir de clase lo más ordenadamente posible y sin hacer mucho ruido. Lo primero que sugiere el manual del buen profe es que todos hagan una fila y caminen en orden. Imposible. Entre que empezaban a correr, a querer adelantarse (bueno, los niños, las niñas no hacen eso) y a juntarse los que yo pretendía que fuesen separados para que no la liasen, absolutamente imposible. Así que he optado porque vayan en parejas, cogidos de la mano y todo. Uno tranquilo con uno más revoltoso, o dos tranquilitos juntos y encabezando la marcha por haberse portado bien. Y eso parece que da resultado, aunque los últimos escalones los suban como si hubiese fuego por detrás de ellos...

En fin, en cuanto sus padres se los llevan a casa se acaban cuatro horas de voces que parecen que no tienen el botón correspondiente para regular el volumen, de preguntas que no se acaban, de no parar de hacer cosas y atender a unos y a otros y, en general, de volverse medio loca durante toda la mañana de lunes a viernes. Tan absorbida estaba por la situación que me quedaba dormida y soñaba con todo esto que pasaba en clase (voces altas incluidas, claro). Y lo más gracioso de todo es que al final del curso los echaré de menos y todo...