Sin ella (I)
Abrió la puerta de casa, dejó las llaves en la mesita de la izquierda, como de costumbre, y cerró la puerta empujándola suavemente con el pie derecho.
Fue directamente a la cocina para soltar las bolsas del mercado. Hoy no había comprado mucho, apenas algo de fruta y verdura, además de un poco de pollo, para la cena. Hoy ni siquiera tenía hambre. Eran sólo las once y media de la mañana, pero si ahora no tenía apetito, después del largo paseo matutino durante el cual solía recorrer gran parte de la vereda que había a las afueras de la ciudad, y después de haber pasado por el mercado, donde siempre huele a pan recién hecho, no creía que fuese a tener muchas ganas de comer sólo dos horas después, dos horas en las que reinaría la inactividad al fin y al cabo.
Se puso a recoger la compra. Luisa llegaría en una media hora para limpiar la casa, pero le gustaba tenerlo todo lo más recogido posible y ahorrarle a la chica todo el trabajo que pudiera. Así pues, abrió el frigorífico, dejó el pollo en una de las baldas y guardó en el cajón de abajo los tomates, el calabacín y algunas de las naranjas. Luego llevó las cebollas y el resto de las naranjas aún en su red a la despensa. El pan lo mantuvo en su bolsa de papel, dejándolo en la panera sobre la encimera.
Como ya se acercaba la primavera y hacía muy buen día, se sentó en la mesa de la cocina a leer el periódico, con la claridad y los templados rayos de sol que entraban por la ventana. Ninguna noticia buena. La vida no era fácil, nunca lo había sido, pero hoy en día la complicaban cada vez más con tantos intereses económicos. Era una pena... Al menos él había tenido suerte, había salido adelante, trabajando mucho, pero lo había conseguido. Afortunadamente, siempre había tenido a su lado a Florencia. Se conocieron siendo muy pequeños, en la escuela. Él era una año mayor que ella y, secretamente, la seguía hasta su casa a la salida del colegio para poder mirarla y asegurarse de que llegaba bien a casa. En aquel entonces tenían solamente siete y ocho años. Tuvo que pasar bastante tiempo para que "empezaran a hablar", como se decía en el pueblo para implicar que el chico estaba rondando a la chica. Y la consiguió. Florencia sólo tuvo ojos para él. Muchos años después de casarse, consiguió que él le confesase que muchas tardes la seguía de camino a casa después de las clases, y ella le confesó que lo sabía, que un par de veces lo había descubierto agazapado de esquina a esquina, detrás de cualquier corro de vecinos charlando o puesto de verduras que pudiese utilizar como parapeto. Aquel fue un gran aniversario de bodas, aquella conversación-confesión lo hizo inolvidable. Todos y cada uno de sus aniversarios habían sido especiales por unos motivos o por otros, pero aquel 27 aniversario fue realmente memorable gracias a esos secretos revelados.
Sí, Augusto sabía de sobra que se había llevado a la chica más guapa del pueblo y juntos habían formado una gran familia: cuatro hijos eran la prueba de sus años de amor. Durante el tiempo que fueron novios y que una vez casados siguieron viviendo en el pueblo, Augusto sabía que era muy envidiado por haberse llevado a la chica que más admiración levantaba en todo el pueblo. Más adelante, poco más de un año después de contraer matrimonio, se instalaron en la ciudad y allí nacieron sus descendientes: tres hijos y una hija.
Terminó de leer un artículo sobre asaltos, policía y detenciones varias cuando levantó la vista y en la estantería que estaba enfrente de la mesa descubrió algo brillante. Se levantó para ver qué era. Se trataba de la medalla de Florencia, la que los niños le habían regalado un Día de la Madre de hace ya muchos años y que desde aquel momento ya nunca se había quitado. ¿Por qué estaba allí? La cogió y se le empañaron los ojos. Volvió a sentarse. Necesitaba sentarse, sentía que le fallaban las piernas. Seguía con la medalla en la mano. Cerró el puño con todas sus fuerzas. La echaba de menos. La echaba tanto de menos... Los días se hacían eternos sin ella. Nada era lo mismo sin ella. Llevaba ya mucho tiempo sin ella, pero seguía sin acostumbrarse, casi no se había hecho a la idea, incluso muchos días aun se despertaba pensando que todo había sido una pesadilla. Pero, por desgracia, no era así. Las cosas no eran reversibles. Lo que nos ocurre no es reversible. La vida no es reversible.
Una lágrima empezó a brotar de la comisura de su ojo izquierdo cuando sonó el telefonillo. Augusto se sobresaltó e inmediatamente se puso a secarse con el pañuelo que siempre llevaba en un bolsillo. Ahora ya era Luisa quien se encargaba de lavarlo, plancharlo y dejárselo preparado en el cajón de su mesilla. Toda la vida Florencia se había encargado de eso, como del resto de la casa y los quehaceres cotidianos, y desde que ella no estaba, nada era lo mismo. Luisa era muy buena chica y muy cuidadosa en su trabajo, pero simplemente en el planchado de ese pañuelo Augusto notaba que le faltaba el amor y el cariño que ponía su amada Florencia.
Mientras volvía a doblar el pañuelo de tela y a guardarlo en el bolsillo, se acercó al telefonillo. Ya suponía que era Luisa, pero en todo caso prefirió preguntar para asegurarse:
-¿Sí? ¿Quién es?
-Señor Augusto, soy yo, Luisa. Ábrame.
El anciano se acercó a la puerta para oír el ascensor y abrir la puerta aunque Luisa tenía llave de la casa. Todavía tenía la medalla con su cadena en la mano y no dejaba de mirarla. Al poco, sonó el viejo ascensor llegando a la tercera planta, y Augusto abrió entonces la puerta.
-Buenos días, Augusto, pues qué bien que está usted aquí, porque con las prisas me he dejado las llaves de su casa, y claro, como hoy llego un poquito antes, no sabía si al final iba a tener que esperar por la calle... Menos mal que no porque, aunque empieza a intentar calentar el sol, todavía hace un fresco... -contó Luisa mientras dejaba su bolso y se ponía la bata para empezar a limpiar.
Luisa era muy simpática y bastante habladora, pero Augusto hoy no quería hablar de lo de todos los días, sino que quería preguntarle por la cadena y la medalla.
-Luisa, ¿tú sabes algo de la medalla de Florencia? Es que me la he encontrado en la estantería de la cocina...
-Sí, sí. Me olvidé de comentárselo... Es que me la encontré entre los cojines del salón y no sé cuánto tiempo llevaría ahí... He pensado que podríamos llevarla a limpiar a la joyería para que esté como nueva otra vez.
-Pues... Pues sí, es buena idea. Ya la dejaré mañana donde Tomás y tu prima. Hoy no me apetece volver a salir, la verdad. Me voy a quedar por aquí leyendo un poco más el periódico mientras andas por aquí.
-Muy bien, señor Augusto, usted siéntese tranquilamente que yo ya me pongo con la casa.
-Gracias, hija.
Y Luisa le sonrió a la vez que él iba por el periódico a la cocina y se lo llevaba al salón para sentarse en su butacón favorito. Luisa estuvo limpiando durante algo más de una hora y Augusto no se levantó del sillón en todo ese tiempo, sin dejar de leer. Del periódico pasó a la novela con la que este ávido lector ocupaba aquellas mañanas. No se movía apenas, sólo apartaba la mirada unos minutos de cuando en cuando. La limpiadora le observaba y sabía que estaba muy triste. Su mirada lo decía todo, y su semblante taciturno no dejaba lugar a dudas. Desde hacía días Luisa sabía que se encontraba muy mal. Había notado sus ojos vidriosos más de una vez, intentando reprimir las lágrimas. Luisa se había dado cuenta de que el anciano estaba profundamente apenado desde que Florencia faltaba.




