Siempre he sido un poco idealista, bastante utópica, poco materialista. Siempre he sido de las de «contigo pan y cebolla», mejor estar con el pobre honrado que con el rico mezquino, preferiría tener que morirme de hambre feliz con una persona a la que quisiese y admirase que vivir en la mayor de las opulencias con alguien a quien no pudiese admirar ni mucho menos llegar a querer.

Bueno, todo esto viene porque en mi trabajo no se gana mucho dinero, la verdad. Por eso este año he decidido independizarme, al menos en parte, y dar algunas clases por mi cuenta, de forma privada y fuera de la academia con la que tengo contrato. Pues justo esta tarde he empezado clases con un muchacho nuevo, de 1º de la ESO, de estos que saben inglés sin saberlo, que han estado varios años en una academia como la mía (bueno, la de mi jefa) hablando inglés pero sin apenas saber por qué se dice así o cómo se dice lo que quieren decir fuera del tema que han visto en esa hora de clase. En definitiva, sin entender realmente qué es qué en una frase. Pero vamos, que esto ya les pasa en castellano, en su propio idioma, ¡cómo para saberlo en un idioma extranjero! Y de ahí vienen todos los problemas, sobre todo, porque les falta la base, lo fundamental, el concepto inicial de todo lo demás, lo que hay que tener claro como el agua. Pues todo eso le pasaba E, mi alumno nuevo. Ya me había comentado algo de todo esto su madre cuando estuvimos hablando por teléfono y hoy lo he podido comprobar por mí misma. No daba una con la forma del verbo to be que tenía que poner en las frases. Tras explicarle el concepto de sujeto y todo lo que puede ejercer como tal, se corrigió a sí mismo las formas verbales que había escrito antes de que empezásemos la hora de clase acertando todas. Very well!, concluí yo. Y entonces exclamó él con toda la inocencia y la sinceridad de un niño de su edad: «Eres la primera persona que hace que me entere de esto. Nunca lo había entendido. Mira que me lo habían explicado veces todos los profesores que he tenido... Y hasta me lo ha explicado mi madre, pero nada. ¡Y ahora por fin lo entiendo!». La verdad es que tengo que admitir que casi me dan ganas de llorar y hasta se me vino una lagrimilla que hubo que reprimir. Satisfacciones como estas hacen que el dinero importe nada y menos, que no hiciese falta que me pagasen la hora de esta tarde, porque el sentimiento y la sensación de realización que produce algo así no se paga ni con todo el oro del mundo.