O de tren de Cercanías. Pero el amor dentro de un vagón. Amores fugaces, que nunca sabes cuánto van a durar... Nacen y se apagan, surgen y mueren de miradas. Miradas inocentes, reprimidas, cautelosas, precavidas, escondidas, de reojo, puro disimulo, escondidas, acalladas, acortadas, resistidas, acompasadas, medidas, sentidas, intercaladas. Miradas explícitas, vivas, robadas, permitidas, lujuriosas, resabidas, recorridas, sensuales, lascivas, pecaminosas, peligrosas, irreflenables y alocadas, pero siempre consentidas.

Nunca sabes por cuánto tiempo serán lo que son, a qué parada irá o cuál de los dos se bajará primero. Son esos amores que te enseñan el ahora o nunca. Si lo quieres, cógelo. Si te interesa. síguelo.

Y ese amor tan incipiente suele terminar en invitaciones tipo "¿Quieres tomar un café?" o "Esta es mi parada... ¿Te bajas?". Pero la persona invitada nunca puede, lleva demasiada prisa o le está esperando un autobús con destino lejano o se comporta de manera demasiado decente para decir que sí y aceptar. Porque, en cualquier caso, mi final favorito para estas historias de amor es que quien se aleja por la estación dedique su última mirada a esa otra persona antes de abandonar el vagón donde todo surgió y donde todo debe terminar.