En Galway aprendí que la falta de luz apena, que los días grises pueden ser maravillosos gracias al arco iris irlandés, que vivir cerca del mar no es tan idílico, que hago unas tortillas francesas cojonudas (palabras textuales de una vasca), que su chocolate puede ser como un orgasmo, que el amor es raro, que hay que decir las cosas cuando te preguntan por ellas. Bueno, esto último lo aprendí más tarde, y luego ya era tarde.

En Madrid aprendí que es un suplicio vivir en la capital de España, que todo se vuelve mejor cuando tu mejor amigo está cerca (o al menos relativamente cerca) para compartirlo, que los destinos están siempre demasiado lejos o demasiado al norte o al este, que hora y media de autobús dos veces al día pueden matar a cualquiera.

En Múnich aprendí lo que es dejarse llevar por el momento, que es mejor volver a casa de la mano de ese chico, que los jefes no son tan amigables como se muestran el primer día, que puedo convertir una habitación en un universo, que la vida en comunidad es agradable y que conocer a personas de mundos diferentes es tremendamente enriquecedor, que a pesar de lo anterior encontrar un español reconforta y crea hogar, que he nacido para ser traductora.

En este tiempo he aprendido que el tiempo para las confesiones es la navidad, que enfrentarse a un grupo de ojos no es tan aterrador, que las señales llevan a error, que me opongo con la cabeza pero se empeña (y se impone) el corazón, que no sé si sé conocer a las personas, que mis padres son lo mejor de este mundo, que nunca jamás me voy a volver a enamorar.