Australia. El otro lado del mundo. Las antípodas. Allí voy yo. En nada, en 25 días me pongo de camino para allá. Sólo llegar va a suponer bastante tiempo, pero luego me queda un mes entero por delante para acostumbrarme a la hora, a esos lugares, al brutal cambio de horario que supone. Creo que voy a tener jet lag al menos unos días (espero que lo menos posible), pero es que el cambio va a ser grande. De todas formas, creo que las ganas de ir son más. ¡¡Es el viaje de mi vida!! Y de una semana para otra ha surgido la oportunidad, la he cogido, tengo los billetes, mi permiso de estancia (que se llama nada más y nada menos que ETA), mi seguro de viaje y un pasaporte nuevo al que espero que le pongan un sello que pueda guardar de recuerdo, porque eso es lo peor de ser europeos: ya no dejan huella en tu pasaporte, más que nada porque con el DNI te sobra para moverte arriba y abajo.

Ahora que el papeleo está hecho, queda hacer el resto de preparativos: pensar en el equipaje, porque allí es invierno, aunque me han dicho mi amiga australiana y su familia (a la que he conocido hace un par de días y con los cuales me voy a alojar todo el tiempo) que las temperaturas no son bajas. Durante el día puede haber entre 20 y 24 grados, y por la noche, unos 12. No está nada mal. ¡Es prácticamente una primavera española!

Lo mejor de todo es que voy a conocer Sydney, ver la Opera House, que no sé ni por qué pero ¡¡¡es el sueño de mi vida!!!

Pasaremos un fin de semana en Sydney (Sídney escrito según el DPD de la RAE), otro en Melbourne, iremos a ver los koalas, los canguros... Y, claro, ¡¡haré un millón de fotos de cada momento!! Porque eso no se vive todos los días. Esos son los planes iniciales, porque mi amiga me ha dicho que piense en todo lo que quiero hacer y ver para organizarnos. Hay mil reservas naturales en Australia. Lo descubrí el otro día cuando mi padre sacó un libro que se titula "Las Maravillas del Mundo". Recordaba que había una roca muy famosa en Australia, pero no el nombre, así que recurrimos a ese tomo enorme que no abría desde hacía tiempo. Y ahí estaba: Ayers Rock, la gran roca rojiza sagrada para los aborígenes.

Será difícil ir hasta ahí, pero tengo que preguntarle si ella lo conoce. Es que ahora es cuando me están surgiendo todas las preguntas y todas las ideas. A. me estuvo dando consejos todo el tiempo sobre el vuelo, qué llevar, qué podría necesitar... Y me preguntaba que si tenía dudas. Claro, en principio no, con todo el shock de pensar que en nada me plantaba al otro lado del mundo. Pero ahora es cuando se me vienen cosas y cosas y cosas a la cabeza. Pero aún quedan muchos días para dar respuesta a todo.

Lo más gracioso de todo es que llevaba un tiempo pensando en que tenía mono de montar en avión, pero me parece que, después de este viaje, no voy a volver a tenerlo en la vida. Ella dice que es horrible, agotador. Y la creo. No será para menos. Además, va a ser mi primer viaje fuera de Europa, así que también impone sólo pensarlo. Mi combinación de vuelos a la ida es: Madrid-París. Espera de unas cuatro horas y siguiente vuelo hasta Singapur. Espera de otras tres o cuatro horas y ya vuelo hasta Brisbane, donde su madre me recogerá. Al menos, los vuelos serán nocturnos, para así poder ir acostumbrándome al cambio de horario, aunque no sé cuánto dormiré, porque ahí en el avión. Pero algo sí, claro, aunque sólo sea por puro cansancio. Es que, excepto hasta París, los otros dos vuelos son de siete y doce horas, respectivamente. En caso de no poder dormir, A. dice que puedo ver la tele, que en esos trayectos las aerolíneas con las que viajo cada pasajero tiene su propia tele en el resposacabezas de enfrente. Wow!! ¡¡Qué nivel los aviones esos!!

En fin, que me estoy poniendo nerviosa sólo de pensarlo... Vamos a dejarlo aquí, pero si alguien ha estado por allí o tiene alguna sugerencia, recomendación o propuesta, por favor que la comparta.