Después del pequeño parón con Semana Santa de por medio, vuelvo. Vuelvo a publicar ahora que puedo y quiero, porque siempre quiero. Y hoy especialmente saco tiempo para escribir esas cosas que incluso mi mente empieza a redactar a la hora de dormir, cuando debería desconectar y pensar sólo en que se acabó el día.

Porque volver es el mejor de los destinos.

Vuelvo porque vuelvo a ser yo, plenamente. Vuelvo porque Javi ha vuelto, y eso siempre se nota. Javi es mi mejor amigo, aunque él mismo tardara tanto en creerlo, aunque me costara muchos "Que sí, que sí, que sí, que de verdad", sobre todo cuando en épocas en que estaba celoso de Carlos (pese a que él nunca lo admitirá) y replicaba con que no, con que seguro que él se había ganado el puesto en dos días y le había desbancado. Y entonces a mí me tocaba insistir otra vez con "Que sí, que sí, que sí, que de verdad que eres tú". Y ya me obligaba a ponerme seria y decirle que nos conocíamos de mucho antes, que a él le contaba todo, que me conocía muchísimo más... En fin, todas esas cosas. Y Javi, ya por fin, se quedaba tranquilo y sonreía levemente como satisfecho. Porque tampoco lo admitirá nunca, pero le encanta que le regalen los oídos, que le digas algo agradable, que le eches algún piropillo. Pero supongo que hay cosas que ninguno admitiríamos nunca.

El caso es que Javi ha vuelto a la ciudad ("ah-ah"), y eso se nota. Bueno, ha vuelto durante Semana Santa, porque ya está de nuevo en Madrid desde hace unos días. Pero ha sido estupendo: las quedadas, las cenas, los bares, las charlas y las risas, sobre todo, las risas. No puedo parar de reírme cuando estoy con él. A cada comentario suyo le sigue una carcajada mía. Bueno, claro, también hablamos en serio, pero a la mínima ya está él con sus cosas, haciendo esos comentarios que sólo a Javi se le pueden ocurrir, con sus coletillas y sus imitaciones varias.

La primera tarde que quedamos, después de cogerle y darle un gran abrazo y dos besos de esos de verdad, no de "compromiso", de saludo. No, dos besos de verdad. Pues después de cogerle y casi desearle feliz año nuevo (sí, a estas alturas), nos pusimos a hablar para intentar ponernos al día desde noviembre, cuando dejamos de hablar por suspicacias y casualidades de la vida: un viaje al extranjero donde no se le podía conectar por móvil, esos sms que yo envío y Vodafone me cobra pero que no llegan a su móvil... En una palabra, "accidentes" varios. Pues ese primer día, efectivamente, terminamos cenando en el chino (como desde el minuto dos había predicho su madre cuando le dijo que había quedado conmigo). Es nuestro chino, el que descubrimos nosotros mismos poco después de que se inaugurara. Había que remediar inmediatamente eso de que él no hubiese comido allí desde hacía aproximadamente un año ya.

Ahí terminó la noche, y luego de vuelta a casa, con despedida en la esquina de mi calle, como de costumbre, como era siempre. Un "hasta mañana" y yo mirando hacia atrás sin poder creerme del todo que me acababa de despedir de Javi, de mi Javi. Tan tonto, tan loco, tan único...

Tres días después, en nuestra segunda cena en "nuestro" chino (está claro que nos gusta la comida china), de repente dice:

--Tenemos que ir a Tokio. ¿No te gustaría ir a Tokio?

--¡Pues claro que me gustaría ir a Tokio! ¡Me encanta todo lo chino y los japonés, ya lo sabes! A Japón, como los de Lost in Translation -peli que precisamente yo había visto en su anterior piso de Madrid, durante ese par de semanas en que me acogió-. Tú serás Bill Murray y yo, Scarlett Johansson.

--¡Qué morro tienes! ¡Claro!

--Bah, es broma, no me gusta Scarlett Johansson, no me parece guapa.

--Pues es bien guapa.

--Pues lo será. En fin, que vamos a ir para allá a sufrir insomnio, como en la peli.

--Sí, a pasar las noches en vela.

--Aunque antes de Tokio creo que nos toca Túnez, que lo tenemos ahí pendiente.

--Es verdad, es verdad.

Tenemos pendiente Túnez, ahora parece que Tokio. Supongo que la siguiente también empezará por T. ¿Tombuctú? ¿Toledo quizás? Bueno, si es con Javi, lo pasaré bien aunque vayamos al pueblo de al lado.

La idea de Tokio así, tan de repente, no sé de dónde le vino, más aun cuando le había regalado un jardín zen el día anterior por su cumpleaños y no sabía lo que era. Delante de mi madre disimuló y ella no notó nada, pero yo me había dado cuenta de que, al abrirlo y verlo, no sabía realmente lo que era. Por eso me reí cuando, ya en la calle, confesó un poco más tarde que no sabía para qué "servía" eso.

En definitiva, que las cosas vuelven a ser como de costumbre, de una vez por todas. Espero que vuelva pronto a pasar unos días o que yo me escape lo antes posible a verle a Madrid y conocer también el nuevo piso donde está viviendo.

Sin duda, como su último chiste en la última noche que nos vimos, como en Lost in Translation:

For relaxing time, make it Javi time.