Hace tanto que no escribo que no sé ni por dónde retomar las cosas que dejé por aquí en palabras y en imágenes. Una semana lejos del ordenador, para descansar, cambiar de sitio, de piel, divertirme... E incluso han sido unos díaspara lo que no esperaba: darme cuenta, por suerte o por desgracia, de que todavía tengo una espinita clavada. No la noto ni pienso en ella cuando estoy lejos, a salvo. Sin embargo, a tan sólo cien kilómetros de aquí, la espina duele y parece que se clava más y más, ahondando en el interior y pellizcando el alma. Y el corazón y el cerebro se confabulan, creando ilusiones vanas desconectadas de la realidad. La oportunidad no llega y el simple hecho de pensar en acercarla me hace darme cuenta de que quizá ni siquiera haya una manera. Han ocurrido tantas cosas sin que haya pasado nada...
Ahora sé que hay al menos una persona que me conoce mejor que yo misma; además, me he dado cuenta de que no puedo parar de darle vueltas a cualquier noticia que tenga respecto a esto (aunque las últimas novedades han sido muy demasiado sorprendentes -o lo parecen al menos-); por último, me obliga a admitir que no creo que pueda sacarme esa espina. Incapaz, aún sabiendo que no es el único, como oí el otro día en no sé qué película. Así que eso debe valer para llegar a la conclusión de que eso es lo que tengo que recordar, sólo eso y nada más. Es lo que importa y lo que tiene que importar. Lo demás mejor dejarlo atrás.