Ella pudo sentir que se despedía de él, que con aquella caja que le enviaba se rompía el vínculo entre los dos. Y al soltarla sobre el mostrador, de repente, se sintió vacía, como si toda su vida, sus sentimientos y aquel tiempo vivido juntos se fuera con aquel paquete de regalos para él. Le estaba entregando todo: el cariño de los objetos comprados pensando en él y en su historia en común, los pequeños ratos compartidos y el resto de su futuro, porque sin él no veía más futuro amoroso.
¡Cuántas veces había dicho para sí que era el chico perfecto para ella! ¡Y cuántas veces se había repetido que no podía ser, que el final tenía que llegar! Pero había sido antes de lo que pensaba. Al principio, se arrepintió de no haber dado el paso primero, en una de aquellas múltiples ocasiones en que la razón la convencía de que aquello no podía ser. Pero siguió adelante, creyendo que en un momento dado, casi por arte de magia, llegaría la solución. Aunque tuviese que trasladarse junto a él. Ella lo haría.
Ahora, después de un tiempo, asimilaba la noticia: la ruptura se había producido y, en adelante, sólo serían amigos.
En ese instante, sin ningún tipo de miramiento, el funcionario cogió el paquete postal para cumplir con su tarea. Cuando se quiso dar cuenta, se lo había arrebatado de las manos. Ni siquiera un segundo para tocar por última vez aquella caja verde que se llevaba tanto en su interior, incluso su olor. Definitivamente, todo terminó. El paquete partió hacia otro país y ella sin rumbo hacia ningún lugar.