La Coctelera

Categoría: Relatos

Sin ella (I)

Abrió la puerta de casa, dejó las llaves en la mesita de la izquierda, como de costumbre, y cerró la puerta empujándola suavemente con el pie derecho.

Fue directamente a la cocina para soltar las bolsas del mercado. Hoy no había comprado mucho, apenas algo de fruta y verdura, además de un poco de pollo, para la cena. Hoy ni siquiera tenía hambre. Eran sólo las once y media de la mañana, pero si ahora no tenía apetito, después del largo paseo matutino durante el cual solía recorrer gran parte de la vereda que había a las afueras de la ciudad, y después de haber pasado por el mercado, donde siempre huele a pan recién hecho, no creía que fuese a tener muchas ganas de comer sólo dos horas después, dos horas en las que reinaría la inactividad al fin y al cabo.

Se puso a recoger la compra. Luisa llegaría en una media hora para limpiar la casa, pero le gustaba tenerlo todo lo más recogido posible y ahorrarle a la chica todo el trabajo que pudiera. Así pues, abrió el frigorífico, dejó el pollo en una de las baldas y guardó en el cajón de abajo los tomates, el calabacín y algunas de las naranjas. Luego llevó las cebollas y el resto de las naranjas aún en su red a la despensa. El pan lo mantuvo en su bolsa de papel, dejándolo en la panera sobre la encimera.

Como ya se acercaba la primavera y hacía muy buen día, se sentó en la mesa de la cocina a leer el periódico, con la claridad y los templados rayos de sol que entraban por la ventana. Ninguna noticia buena. La vida no era fácil, nunca lo había sido, pero hoy en día la complicaban cada vez más con tantos intereses económicos. Era una pena... Al menos él había tenido suerte, había salido adelante, trabajando mucho, pero lo había conseguido. Afortunadamente, siempre había tenido a su lado a Florencia. Se conocieron siendo muy pequeños, en la escuela. Él era una año mayor que ella y, secretamente, la seguía hasta su casa a la salida del colegio para poder mirarla y asegurarse de que llegaba bien a casa. En aquel entonces tenían solamente siete y ocho años. Tuvo que pasar bastante tiempo para que "empezaran a hablar", como se decía en el pueblo para implicar que el chico estaba rondando a la chica. Y la consiguió. Florencia sólo tuvo ojos para él. Muchos años después de casarse, consiguió que él le confesase que muchas tardes la seguía de camino a casa después de las clases, y ella le confesó que lo sabía, que un par de veces lo había descubierto agazapado de esquina a esquina, detrás de cualquier corro de vecinos charlando o puesto de verduras que pudiese utilizar como parapeto. Aquel fue un gran aniversario de bodas, aquella conversación-confesión lo hizo inolvidable. Todos y cada uno de sus aniversarios habían sido especiales por unos motivos o por otros, pero aquel 27 aniversario fue realmente memorable gracias a esos secretos revelados.

Sí, Augusto sabía de sobra que se había llevado a la chica más guapa del pueblo y juntos habían formado una gran familia: cuatro hijos eran la prueba de sus años de amor. Durante el tiempo que fueron novios y que una vez casados siguieron viviendo en el pueblo, Augusto sabía que era muy envidiado por haberse llevado a la chica que más admiración levantaba en todo el pueblo. Más adelante, poco más de un año después de contraer matrimonio, se instalaron en la ciudad y allí nacieron sus descendientes: tres hijos y una hija.

Terminó de leer un artículo sobre asaltos, policía y detenciones varias cuando levantó la vista y en la estantería que estaba enfrente de la mesa descubrió algo brillante. Se levantó para ver qué era. Se trataba de la medalla de Florencia, la que los niños le habían regalado un Día de la Madre de hace ya muchos años y que desde aquel momento ya nunca se había quitado. ¿Por qué estaba allí? La cogió y se le empañaron los ojos. Volvió a sentarse. Necesitaba sentarse, sentía que le fallaban las piernas. Seguía con la medalla en la mano. Cerró el puño con todas sus fuerzas. La echaba de menos. La echaba tanto de menos... Los días se hacían eternos sin ella. Nada era lo mismo sin ella. Llevaba ya mucho tiempo sin ella, pero seguía sin acostumbrarse, casi no se había hecho a la idea, incluso muchos días aun se despertaba pensando que todo había sido una pesadilla. Pero, por desgracia, no era así. Las cosas no eran reversibles. Lo que nos ocurre no es reversible. La vida no es reversible.

Una lágrima empezó a brotar de la comisura de su ojo izquierdo cuando sonó el telefonillo. Augusto se sobresaltó e inmediatamente se puso a secarse con el pañuelo que siempre llevaba en un bolsillo. Ahora ya era Luisa quien se encargaba de lavarlo, plancharlo y dejárselo preparado en el cajón de su mesilla. Toda la vida Florencia se había encargado de eso, como del resto de la casa y los quehaceres cotidianos, y desde que ella no estaba, nada era lo mismo. Luisa era muy buena chica y muy cuidadosa en su trabajo, pero simplemente en el planchado de ese pañuelo Augusto notaba que le faltaba el amor y el cariño que ponía su amada Florencia.

Mientras volvía a doblar el pañuelo de tela y a guardarlo en el bolsillo, se acercó al telefonillo. Ya suponía que era Luisa, pero en todo caso prefirió preguntar para asegurarse:

-¿Sí? ¿Quién es?

-Señor Augusto, soy yo, Luisa. Ábrame.

El anciano se acercó a la puerta para oír el ascensor y abrir la puerta aunque Luisa tenía llave de la casa. Todavía tenía la medalla con su cadena en la mano y no dejaba de mirarla. Al poco, sonó el viejo ascensor llegando a la tercera planta, y Augusto abrió entonces la puerta.

-Buenos días, Augusto, pues qué bien que está usted aquí, porque con las prisas me he dejado las llaves de su casa, y claro, como hoy llego un poquito antes, no sabía si al final iba a tener que esperar por la calle... Menos mal que no porque, aunque empieza a intentar calentar el sol, todavía hace un fresco... -contó Luisa mientras dejaba su bolso y se ponía la bata para empezar a limpiar.

Luisa era muy simpática y bastante habladora, pero Augusto hoy no quería hablar de lo de todos los días, sino que quería preguntarle por la cadena y la medalla.

-Luisa, ¿tú sabes algo de la medalla de Florencia? Es que me la he encontrado en la estantería de la cocina...

-Sí, sí. Me olvidé de comentárselo... Es que me la encontré entre los cojines del salón y no sé cuánto tiempo llevaría ahí... He pensado que podríamos llevarla a limpiar a la joyería para que esté como nueva otra vez.

-Pues... Pues sí, es buena idea. Ya la dejaré mañana donde Tomás y tu prima. Hoy no me apetece volver a salir, la verdad. Me voy a quedar por aquí leyendo un poco más el periódico mientras andas por aquí.

-Muy bien, señor Augusto, usted siéntese tranquilamente que yo ya me pongo con la casa.

-Gracias, hija.

Y Luisa le sonrió a la vez que él iba por el periódico a la cocina y se lo llevaba al salón para sentarse en su butacón favorito. Luisa estuvo limpiando durante algo más de una hora y Augusto no se levantó del sillón en todo ese tiempo, sin dejar de leer. Del periódico pasó a la novela con la que este ávido lector ocupaba aquellas mañanas. No se movía apenas, sólo apartaba la mirada unos minutos de cuando en cuando. La limpiadora le observaba y sabía que estaba muy triste. Su mirada lo decía todo, y su semblante taciturno no dejaba lugar a dudas. Desde hacía días Luisa sabía que se encontraba muy mal. Había notado sus ojos vidriosos más de una vez, intentando reprimir las lágrimas. Luisa se había dado cuenta de que el anciano estaba profundamente apenado desde que Florencia faltaba.

Fechas que miden algo que llaman tiempo

11 de diciembre

Por fin he soñado que me besabas. Más de un año después de verte por primera vez. Ya ves, no soy muy lanzada. ¿Será mejor que te besen o soñar que te besan? ¿Tendrán alguna relación? En tu caso no lo sé, no puedo comparar y no creo que se llegue a producir ya. La sensación ya despierta es que, al menos en ese sueño, tus besos eran dulces, que tu lengua sanó mi herida, aunque sólo la exterior, no la que se extiende por mis adentros. Quizás porque no hubo tiempo para más. Pese a todo, me quedo con esa dulzura tuya en maneras y en sabor.


30 enero

Y hoy vuelvo a soñar contigo. Ya es todo muy escalonado, se van alejando los días, se van consumiendo los meses. Tu imagen en la noche ya no se aparece a diario, sino que se desvanece y termina ignorada. Pese a lo cual no entiendo cómo sigue viniendo de cuando en cuando. Hoy he soñado que hacíamos el amor y aún no sé por qué, si luego he despertado y he seguido soñando con algo que no eras tú, que no tenía nada que ver contigo. Ahora aparece esa fantasía en mi cabeza, cuando ya te he olvidado, cuando ya no me dueles. Ahora, Daniel, cuando ya no me importas. Han pasado muchos meses, hoy me he dado cuenta. El luto ha durado demasiado. Sólo así me he dado cuenta de que ya son muchas estaciones, muchas horas, muchos minutos, demasiados segundos pasados dejando que se escapen con tristeza sin razón alguna. Y he tenido que soñar que lo hacía contigo para verlo, para sentir que eso no sería importante, que eso ni siquiera merecería la pena aunque durante largo tiempo hubiese pensado que sí. ¿No es extraña esta vida?

Aquello que aprendí

En Galway aprendí que la falta de luz apena, que los días grises pueden ser maravillosos gracias al arco iris irlandés, que vivir cerca del mar no es tan idílico, que hago unas tortillas francesas cojonudas (palabras textuales de una vasca), que su chocolate puede ser como un orgasmo, que el amor es raro, que hay que decir las cosas cuando te preguntan por ellas. Bueno, esto último lo aprendí más tarde, y luego ya era tarde.

En Madrid aprendí que es un suplicio vivir en la capital de España, que todo se vuelve mejor cuando tu mejor amigo está cerca (o al menos relativamente cerca) para compartirlo, que los destinos están siempre demasiado lejos o demasiado al norte o al este, que hora y media de autobús dos veces al día pueden matar a cualquiera.

En Múnich aprendí lo que es dejarse llevar por el momento, que es mejor volver a casa de la mano de ese chico, que los jefes no son tan amigables como se muestran el primer día, que puedo convertir una habitación en un universo, que la vida en comunidad es agradable y que conocer a personas de mundos diferentes es tremendamente enriquecedor, que a pesar de lo anterior encontrar un español reconforta y crea hogar, que he nacido para ser traductora.

En este tiempo he aprendido que el tiempo para las confesiones es la navidad, que enfrentarse a un grupo de ojos no es tan aterrador, que las señales llevan a error, que me opongo con la cabeza pero se empeña (y se impone) el corazón, que no sé si sé conocer a las personas, que mis padres son lo mejor de este mundo, que nunca jamás me voy a volver a enamorar.

Capítulo cerrado

Día clave, hora clave y yo acudo al mismo lugar. Ironías de la vida. Y los lugares comunes duelen. Todavía, a pesar de las horas y de los días, aunque me dé cuenta de algunas cosas que no encajaban y de otras que no me cuadran hoy en día, que no me gustan en absoluto.

Y porque esos lugares duelen evito ese bar, y ese otro, y aquella calle, y este banco, aquella terraza de verano, el otro banco del parque, la esquina de tu calle, el restaurante aquel y también ese paseo. Y la ciudad se queda pequeña, se reduce y pierde su color, excepto cuando de repente y sin saber por qué recuerdo una de nuestras conversaciones y descubro que voy riendo tontamente por la calle, yo sola, ya no estás aquí.

Pero si tú no ves nada, tengo que seguir viviendo.

Dos vidas por vivir

Dos vidas muy diferentes en circunstancias muy diferentes. Dos vidas que no tienen nada en común salvo el nexo de quien las relata. Dos vidas que van a compartir zona geográfica pero que no se conocen y muy probablemente no lleguen a conocerse.

Una de esas vidas tiene un largo recorrido ya. Ahora sólo pide salir de esta y poder vivir unos años más tranquila y con los suyos. Poder disfrutar de sus nietos y su marido algo más de tiempo es lo único que tiene en mente hoy en día, a unas horas de volver a ingresar en el hospital, poco antes de que vuelvan a someterla a una intervención quirúrgica, sin saber a ciencia cierta si podrán terminar con esas células cancerígenas que se han extendido de una parte a otra de su cuerpo y que ahora están cerca del cerebro, en la zona más peligrosa de todas, donde el mínimo descuido por parte del cirujano más experto podría tener consecuencias fatales. Pero ahí está ella la tarde de antes a todo eso recibiendo sonriente a su amiga para tomar un café. Mientras hablan, trata de cambiar de conversación, pregunta por los demás, se interesa por su amiga y por la familia de ella, nunca acapara la charla, y menos aún para referirse a su enfermedad. Sin embargo, el tema es ineludible después de todo y, llegado el momento, termina sincerándose:

--Es muy duro, la quimioterapia es lo peor... Es el peor tratamiento que se pueda imaginar... Ahora incluso tengo anemia, lo que nunca he tenido. Y yo le decía a los médicos: "¿Pero y las reservas que tenía?". Pues me han explicado que todo eso se lo lleva, que eso es a lo primero que se agarra la medicación y que lo arrastra... Así es que te deja sin nada...

Levanta la mirada hacia el techo y añade:

--Esto del cáncer parece ser la peor de las enfermedades. Da igual jóvenes que mayores, ataca a todo el mundo por igual... En los diez días que estuve ingresada la última vez, murieron dos personas. Bueno, dos personas que yo sepa, de las que estaban más alrededor de mi zona, porque claro... Y una de esas dos personas era una chica de 25 años...

Los ánimos decaen por un momento, pero ella es muy fuerte y lo sigue demostrando. Por lo que después de todo esto, después del momento de bajón, ella misma afirma:

--Bueno, yo a solas también me doy ánimos y pienso: "Venga, que ya has pasado otras dos veces por todo esto." "Has conocido a otras que han pasado por lo mismo, también con complicaciones y ahora están bien, se han curado."

Pero lo más increíble de todo es cuando un segundo después te mira directamente a los ojos y sinceramente concluye:

--Si es que yo hasta me enfado conmigo misma porque me digo: "¡No seas quejica! Si nunca has estado enferma en toda tu vida, pues qué más puedes pedir..."

Este es uno de los casos en los que una vez más se demuestra que la vida no es justa en absoluto, que no hay razón para que una persona tenga que sufrir tanto y enfrentarse a lo mismo no sólo una vez, sino hasta tres. Sin embargo y por fortuna, ella es fuerte y va a superarlo una vez más, como antes, igual que en otras ocasiones, porque sigue rodeada de los que la quieren y la apoyan, y sobre todo porque tiene esa fuerza interior, ese brillo especial que sólo poseen unas pocas personas que les otorga una fortaleza especial y las impulsa a vencer obstáculos por muy elevados y complejos que puedan parecer.

Esta es una de las dos vidas que quedan por vivir. La otra es muy joven aún, sólo cuenta con dos años de edad. Y aunque sea tan corta, ya ha sufrido un cambio radical: ese niño ha sido adoptado. Va a pasar de su ciudad natal en un país como Israel a una pequeña capital de provincia española. Su vida va a cambiar radicalmente en breve, las oportunidades se abren ante él aunque él mismo aún no sea consciente de ello. Ya no residirá nunca más en un orfanato, a partir de ahora tendrá un hogar y una madre que le querrá como si hubiese estado en su vientre. O incluso más.

Por el momento, la futura madre solamente ha recibido un informe médico que confirma su buen estado de salud, pese a un pequeño problema causado por un hongo que afecta al cuero cabelludo, que en cualquier caso pronto se solucionará y realmente no tiene importancia alguna. Y junto a ese papel, una fotografía de carnet que muestra su gesto tímido e inocente, además de lo guapo que es y lo bueno que parece.

Y su madre le espera ansiosa y a él no sabemos qué le han dicho ni cómo le explicarán que se va a otro país, en un viaje muy largo, con una mujer a la que no ha visto todavía pero que le va a querer y a cuidar mejor que ninguna otra persona en el mundo.

Este es uno de los casos en los que la vida parece cobrar sentido, es uno de esos acontecimientos que te hacen pensar que la vida es maravillosa y por eso mismo merece la pena vivirla. Porque lo verdaderamente importante de todo esto es que un niño va a ser feliz haya pasado lo que haya pasado (o quizás con un poco de suerte no) y que una mujer, aunque no esté casada ni con pareja conocida, ha podido convertirse en madre y ese hecho la hará feliz el resto de su vida.

Se trata de dos vidas que quizás jamás se cruzarán, dos seres que nunca se conocerán en ese tiempo que les queda por delante; pero a los que el día de mañana, una misma fecha en el calendario de dos países entre los que existe una enorme distancia física les llevará a su futuro inmediato, un futuro que ojalá les depare muchos años aún por vivir felices y queridos. Después de todo, ella y él aún tienen mucha vida por vivir.

Entonces y ahora

Y hoy me veo al otro lado de esa fotografía y no me reconozco. No consigo recordar qué me hizo reír así, pero me veo feliz, tan feliz... Me veo deshinibida, desbordante de alegría, llena de felicidad... Y eso me basta, es más que suficiente para mi en la actualidad, en esta actualidad al menos. Aunque daría lo que fuera por volver a ese momento, por volver al otro lado del cristal y que mi pecho explote otra vez de alegría y que la risa vuelva a desbordarse y a estallar retumbando entre esas paredes. Echo de menos cada hora, cada minuto, cada segundo de aquel entonces. Echo de menos los ratos y los silencios, las conversaciones y las miradas, los gestos y las explicaciones, las lecturas y las implicaciones, lo dicho y lo callado. Echo de menos hasta lo que nunca fue y el tiempo que no tuvimos. Echo de menos echar de menos. Echo de menos echar de menos en ese tiempo concreto, en ese mundo concreto, en esas situaciones determinadas, durante esos momentos determinados.
Ahora echo de menos de otra manera.

La nueva inmoral

Elena llevaba dos días sin parar de darle vueltas a la cabeza. No podía entenderlo. Ella no era así. Nunca jamás en su vida había actuado así. Tampoco se había emborrachado nunca como esa noche de viernes. Sí, muy probablemente ahí estaba la raíz de lo que había pasado. Bueno, tampoco le iba a echar la culpa al alcohol. Vale que la había deshinibido mucho y que la llevó a comportarse de una forma que no era la habitual en ella, pero al fin y al cabo todo había sido por voluntad propia. Las cosas habían surgido de forma natural, sin ser forzadas por ninguna de las dos partes, a su ritmo... Todo dentro de una misma madrugada que, aunque de repente se convirtió en día, en realidad había dado más de sí de lo que Elena hubiera podido imaginar cuando comenzó.

Conocer a Adrián había sido simple casualidad. Historia típica de una noche de marcha: chica con sus amigas, chico con sus amigos. Elena ya había llegado al bar más borracha de lo que había estado nunca antes, pero controlando, como se suele decir en estos casos. Él se había acercado a ella en un primer momento. Luego se fue. Al rato, volvió con sus amigos, como mandando mensajeros o soldados de su ejército particular. Después de eso, Adrián fue a conocer a otro grupo de chicas y se quedó hablando con ellas mientras Elena seguía con sus amigas sin preocuparse de más. Sentada en su cuarto, Elena recuerda que no paraba de bailar y de reírse. Finalmente, Adrián volvió a hablar con Elena, pero ella prefirió ignorarle. Él intentó que brindaran y, de hecho, chocó su vaso con el de ella. Sin embargo, aunque Elena acercó levemente su copa, luego la dejó sobre la barra.

--No voy a brindar contigo si te vas y te vienes -le soltó entonces en respuesta a su cara de sorpresa.

--Que no, que no me voy. Es sólo que andaba de acá para allá, pero ya me quedo aquí.

--Vale, bien -concedió Elena.

Elena llevaba dos días pensando y no se acordaba de más. Cree que un amigo de Adrián tiró su vaso sin darse cuenta y terminó pagándole un nuevo cubata aunque el que vertió al suelo ya estaba casi terminado. Pero en sus recuerdos había un vacío, un salto temporal que no conseguía completar. Lo intentó una vez más. Cerró los ojos, apretándolos, como haciendo fuerza y trató de concentrarse. Nada, no había forma... Lo siguiente que recuerda es oír a sus amigas decir que iban al baño y, unos instantes después, estar abrazada a Adrián, así, como si fuese su salvavidas, por instinto, de manera natural. Sólo se acuerda de que hundió su cara en el cuello de Adrián y se sintió volar. Su olor era perfecto, la atrapaba y la envolvía; las manos de Elena recorriendo la espalda de Adrián estaban allí a donde pertenecían; los brazos de Adrián rodeándola era como estar en el paraíso. Tanto era así, que Elena sabe que incluso perdió la noción del tiempo. De ninguna de las maneras podría calcular ni siquiera por aproximación cuántos minutos estuvo allí, así. Sólo sabe que después se giró para ver que sus amigas ya parecían llevar allí un rato de vuelta de los aseos.

Ese primer bar común duró un poco más, pero no mucho. Cuando encendieron las luces, Elena se encontró de nuevo abrazada a Adrián. Como quien despierta de un sueño, como ahora que lo estaba recordando todo una vez más, se sentía confusa. Empezó a salir de allí, subiendo las escaleras con sus amigas y Adrián y los suyos siguiendo de cerca.

Fue el único lapso de tiempo que pasaron separados. Nada más salir a la calle, ambos volvieron a abrazarse, hablando de manera cómplice y apartados del resto. Pero poco después volvieron con el grupo, siempre unidos, siempre rozándose, aunque sólo fuese agarrados de la mano. Hoy, estos dos días, haciendo memoria y memoria de sentimientos, Elena notaba que Adrián no quería, al menos, ni siquiera soltar la mano de Elena. Empezaron los primeros comentarios del resto de chicos, hasta que Elena respondió de manera rotunda:

--¿Es que os da envidia?

Tras zanjar el asunto, hablaron de a qué otro bar irían. El elegido fue el "Renacimiento". A Elena y Adrián les daba igual, lo importante era estar juntos más tiempo. De estos momentos, Elena recuerda que se pasaron el camino sin soltarse ni un segundo. Esas imágenes las tiene muy nítidas en su memoria y también recuerda perfectamente lo que dijo. Ahora se muere de vergüenza sólo de pensarlo. Ella no es así. Sin embargo, en aquel momento su comentario salió de forma muy natural:

--No me has dado un beso.

--A lo mejor no te lo doy... -empezó él. A lo mejor te lo doy hoy o a lo mejor no... -dijo Adrián haciéndose el interesante.

Elena no esperaba esa respuesta, pero le gustó. No imaginaba que un chico pudiera tener tan en cuenta el moménto idóneo para algo, y más aún para algo tan importante.

Unos minutos más tarde, llegaron al bar. De nuevo, entre comentarios de por qué la parejita no se despegaba a los que ellos seguían sin darle importancia. El bar estaba cargado de humo, demasiado cargado. Tanto que al poco, Elena tuvo que salir de allí con su mejor amiga para tomar aire fresco mientras que Adrián había ido a pedir algo de beber. Cuando ellas volvieron a entrar, él todavía no estaba de vuelta con los demás. Lo hizo a los dos o tres minutos e, inmediatamente, terminaron abrazados otra vez. La música estaba sonando y se pusieron a bailar. Como en el otro pub, hubo algunos besos en la cara, en la frente, por el cuello... Y abrazos de uno a otro, hasta que, de repente, Adrián besó a Elena en la boca. Elena aún se estremece al recordarlo a solas en su habitación. Aunque lo había intuido en medio de aquel bar unos instantes antes de que se produjera, aunque había visto el deseo en sus ojos antes de que Adrián la besara, no hizo que se sorprendiera menos. Fue un beso muy dulce. El roce de sus labios era suave y el contacto de sus lenguas formaba una unión perfecta y acompasada. Sí, su primer beso había sido memorable. Los siguientes también. Elena tiembla ahora cuando lo revive en su memoria. Lleva dos días en que ese pensamiento la asalta a cada momento, sin que lo espere, y hace que su corazón se acelere.

Cuando llegó la hora de cierre del "Renacimiento", Elena se recuerda flotando. No sabe cómo caminó hasta una calle más allá, a solas con Adrián, mientras los demás se reunión a las puertas del bar.

Ya solos Adrián y Elena, él la abrazó desde atrás y empezó a pasar su mano por el estómago y la cintura de Elena, igual que había hecho en el pub. Después empezó a besarla nuevamente. Ya había amanecido y Elena no se podía creer que actuase de esa forma en medio de la calle y a plena luz del día. Ella no era así, pero aún se descontrolaría un poco más. No lo podía evitar, sentía que Adrián y ella tenían un magnetismo especial y verdaderamente fuerte. Sin tener que esforzarse lo sabe: estaba borracha. Quizás eso le hizo terminar confesándole a Adrián que era justo lo que necesitaba.

Seguía dándole vueltas echada en el suelo de su habitación. Todo había ido muy rápido. Ella no era así, se repetía una y otra vez. Nunca se había comportado así. Claro, que tampoco había estado tan alcoholizada como esa noche. Todo había sido inesperado.

--Vale, -pensaba- lo admito. Lo más duro e increíble de todo esto es que no hace ni cinco días que lo dejé con Sergio después de la última oportunidad que nos dimos. Es como si su cadáver estuviese todavía caliente... Yo no soy así y nunca he sido así... Lo siento, pero ha ocurrido de esta manera. Tampoco me arrepiento. Ya está bien de dejar de ser tonta a mis 24 años.

Sí, después de algo más de un año y medio de relación con Sergio, retomando el noviazgo cinco meses atrás, aquello se había terminado definitivamente hacía pocos días.

--Sí, pero simplemente ha surgido así... -se autoconvencía Elena- No es que sea normal en mí, pero...

Intentaba pensar en otra cosa, pero no podía.

--Es lo que hay... Y si Sergio se entera, pues que se entere... ¡Ya está bien de sentirme culpable por ser feliz!

Tulsa sonaba todo el tiempo como música de fondo. Entonces empezó "La Golue". Subió el volumen.

--Ah, genial -pensó, y empezó a cantar-. Sólo si dices, cariño, que mueres por mí, tendrás derecho a hacerme sufrir. Y ahora que soy inmoral me he prometido pecar y abusar de todas las bocas que vea pasar...

La Golue - Tulsa

Lejanos

Las ciudades absorben.

La rutina mata.

No sabía por qué se sentía tan culpable. Después de colgar el teléfono, se volvió corriendo a su cuarto escaleras arriba. No quería que nadie la viese, no quería que sus compañeros de piso supiesen qué acababan de comunicarle. Se sentía como un trapo, como el peor ser del mundo, como la nada. Para lo único que tenía fuerzas era para tumbarse sobre la moqueta, escondiéndose tras la cama, y así quedarse acurrucada esperando a desaparecer de la faz de la Tierra.

No podía hacer nada para solucionar lo que había pasado. Ahora no podía hacer nada de nada, excepto llorar de rabia y golpear el suelo con impotencia. Cerraba los ojos y aún podía ver tan claramente como si hubiese sido ayer a aquel niño metido en la cama cuando, aquella madrugada de principios de septiembre de haría ya unos siete años, le despertó sólo un momento para despedirse de él. Tenía el pelo un poco alborotado de dormir, así que se lo atusó mientras él abría los ojos con dificultad.

--¿Te tienes que ir?

--Sí, ya está a punto de llegar el coche.

--¿Por qué te vas?

Llevaban dos días hablando de lo mismo y ahora casi no le quedaba tiempo para explicárselo todo de nuevo, así que se limitó a decir:

--Yo tampoco quiero irme, preferiría quedarme.

--Entonces, ¿por qué te vas?

--Pues porque, si no, no estaré nada de tiempo allí. Bueno, piensa que es sólo un día y medio como mucho lo que no vamos a estar juntos. El verano está a punto de terminar y tú también tienes que volver a Madrid.

--Sí, ya...

--A lo mejor nos vemos allí. Le diré a la tía que me lleve a verte si puede.

--Vale... -contestó el niño dándose por vencido-. Buen viaje.

--Gracias. Sé bueno estos días que estés con los abuelos, ¿eh?

Y se despidió de él con un beso. Ella era solamente cuatro años mayor que él, pero en ese momento le vio casi como un bebé. Ese verano había sido genial, se lo habían pasado tan bien... Y él estaba tan grande pero tan pequeño todavía, con su pelo a tazón que ya le había ido creciendo. Aquel julio, como cada julio, él y sus hermanos habían llegado al pueblo con el pelo recién cortado, muy, muy corto, para que aguantara esos meses de estío y no pasasen mucho calor bajo el sol manchego.

Ya habían pasado años desde aquella madrugada y ahora ella estaba lejos, más lejos que de costumbre. ¿Qué podía hacer ahora, a miles de kilómetros y después de que ya todo había pasado? No había sabido nada del proceso, nadie le había dicho ni una palabra de lo que estaba pasando. Y en este momento le llegaba de sopetón la noticia, el resultado de ese tiempo de silencio, de todos esos inviernos de incomunicacion. Siempre acababa el verano haciéndose la promesa de que ese año les telefonearía más a menudo, que mantendría un contacto más continuado. Y cada invierno traía lo mismo: clases, horarios, estudios, obligaciones... Todas esas cosas que dejaban poco tiempo para pensar en nada más que no fuese lo inmediatamente posterior, lo palpable, lo que estaba allí a su alrededor.

Y ahora, no ya en una ciudad distinta, sino en un país distinto, sólo podia llorar, llorar amargamente y golpear el suelo con rabia. Seguramente él estuviese haciendo lo mismo ingresado en aquel centro de desintoxicación.